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Vinos DO Empordà: un viaje entre viñas, tramontana y Mediterráneo

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Hace unos 2.500 años, los griegos desembarcaron en Empúries y trajeron consigo algo que cambiaría para siempre el paisaje del norte de Girona: la vid. Por eso esta tierra se considera la puerta de entrada del cultivo de la viña en la península.

Desde entonces, el vino ha sido parte de la vida del Empordà. Lo cuidaron los monjes de los monasterios medievales, vivió su época dorada en el siglo XVIII y supo renacer cuando parecía olvidado. Hoy, una nueva generación de viticultores recupera terrazas, muros de piedra seca y viñas viejas para elaborar vinos que hablan de mar, de montaña y de viento.

¿Qué es la DO Empordà?

La Denominación de Origen Empordà protege los vinos que se elaboran en el extremo nordeste de Cataluña, en la provincia de Girona. Está regulada desde 1975 y durante años se llamó Empordà-Costa Brava, hasta que en 2006 adoptó su nombre actual.

Su territorio se reparte en dos zonas. La gran mayoría de bodegas se concentra en el Alt Empordà, entre la sierra de l’Albera, el Cap de Creus y la llanura que rodea Figueres. Un grupo más pequeño se sitúa en el Baix Empordà, en los alrededores de las Gavarres y de pueblos como Pals o Peratallada.

Es una DO de escala humana, con unas 2.000 hectáreas de viñedo y bodegas que van desde grandes casas históricas hasta pequeños proyectos familiares.

Viñas, montaña, mar y tramontana

Los viticultores del Empordà suelen decir que trabajan con cuatro elementos: la viña, la montaña, el mar y el viento. Y es difícil encontrar una descripción mejor.

La tramontana, el viento del norte que baja con fuerza desde el Pirineo, es la gran protagonista. Seca el aire, limpia el cielo y protege las viñas de la humedad y las enfermedades. A cambio, obliga a las cepas a crecer bajas y resistentes, y concentra los sabores de la uva.

El suelo completa la ecuación. En la llanura predominan los terrenos de origen aluvial, mientras que en las laderas de montaña aparecen la pizarra y el granito. Allí se recuperan hoy antiguas terrazas sostenidas por muros de piedra seca, un paisaje construido a mano durante generaciones que ahora vuelve a la vida.

Las uvas de la tierra

El alma del Empordà está en sus variedades tradicionales. Entre las tintas, la garnacha (garnatxa) y la cariñena (carinyena o samsó) dominan los viñedos, muchos de ellos con cepas de más de 30 años. Dan vinos con carácter mediterráneo: fruta madura, especias, hierbas del monte bajo y una frescura que aporta la cercanía del mar.

Entre las blancas destacan la garnacha blanca y el macabeo, junto a la garnacha roja y el moscatel de Alejandría. Con ellas se elaboran blancos frescos y aromáticos, perfectos para acompañar la cocina de la costa.

A estas uvas de siempre se han sumado otras como la syrah, el merlot o el cabernet sauvignon, que algunas bodegas combinan con las autóctonas para crear vinos más personales. Pero la tendencia actual mira hacia atrás: recuperar las variedades locales y dejar que el paisaje se exprese sin artificios.

La garnatxa de l’Empordà, el tesoro dulce

Si hay un vino que identifica al Empordà, es su garnatxa. No un tinto cualquiera, sino un vino dulce natural elaborado principalmente con garnacha roja y blanca, que se recoge muy madura y envejece lentamente, a menudo con el sistema tradicional de soleras.

El resultado es un vino de color ámbar, aromas de frutos secos, pasas, miel y especias, y una textura sedosa que invita a beberlo despacio. En muchas casas del Empordà era el vino de las ocasiones especiales, el que se sacaba en las fiestas o para recibir a las visitas.

Hoy sigue siendo el broche perfecto para una comida: con un postre de chocolate, con queso azul, con panellets en otoño o, simplemente, con un puñado de almendras tostadas al final de la sobremesa.

Bodegas para visitar: experiencias entre viñas

La mejor forma de entender el Empordà es visitar sus bodegas. Muchas de ellas forman parte de la Ruta del Vino DO Empordà, que agrupa propuestas de enoturismo de toda la zona, y ofrecen visitas a las viñas, catas guiadas y experiencias que van mucho más allá de probar un vino.

  • Las casas históricas. Castillo Perelada es probablemente la bodega más emblemática de la DO, pionera en la renovación de los vinos del Empordà y ligada a un conjunto monumental que merece la visita por sí solo.
  • Los viticultores de la tramontana. En los alrededores del Cap de Creus y de la Albera, bodegas familiares como Espelt Viticultors o Hugas de Batlle trabajan viñas en terrazas con vistas al Mediterráneo, donde se entiende de golpe lo que significa un vino de paisaje.
  • Los proyectos de autor. Pequeñas bodegas como Martí Fabra, rodeadas de romero, tomillo y lavanda, elaboran vinos muy personales con variedades autóctonas. Visitarlas es conocer a quienes los hacen.

Muchas visitas terminan con una cata maridada con productos locales, aceite de oliva del Empordà o un paseo entre las viñas al atardecer. Conviene reservar con antelación, sobre todo en fin de semana.

Un día entre viñas: propuesta de ruta

Para quien visita el Empordà por primera vez, esta es una forma sencilla de vivir el vino en una sola jornada, sin prisas y sin kilómetros de más.

  1. Mañana: viñas con vistas al mar. Empieza en el Alt Empordà, en alguna bodega de los alrededores de la Albera o del Cap de Creus. A primera hora la luz es preciosa y el paseo entre terrazas de piedra seca, con el Mediterráneo al fondo, es el mejor arranque posible.
  2. Mediodía: comida en un pueblo de interior. Acércate a Peralada o a algún pueblo cercano para comer con calma. Cocina ampurdanesa de mar y montaña, acompañada, por supuesto, de los vinos que acabas de conocer.
  3. Tarde: una segunda bodega más pequeña. Después de comer, una visita a un proyecto familiar o de autor permite conocer otra forma de entender el vino y conversar con quien lo elabora.
  4. Atardecer: la costa. Termina el día frente al mar, en Cadaqués, El Port de la Selva o en algún mirador del Cap de Creus. Una copa de blanco del Empordà mientras cae el sol es, probablemente, la mejor forma de cerrar la ruta.

Un consejo: si vas a catar, organiza el transporte con antelación o deja que alguien del grupo conduzca. Algunas bodegas y agencias locales ofrecen rutas guiadas con traslados incluidos.

Vino y paisaje: cómo completar la visita

Una ruta por las bodegas del Empordà nunca es solo una ruta de vino. Entre visita y visita aparecen pueblos de piedra, olivares, ermitas y miradores sobre el mar que convierten el día en una escapada completa.

El valor de un lugar

Un gran vino no se puede hacer en cualquier parte. Necesita un suelo concreto, un viento concreto, una luz concreta. Lo que los viticultores llaman terroir no es más que eso: la huella de un lugar que no se puede copiar.

Con las casas ocurre algo parecido. Una vivienda se disfruta de verdad cuando está pensada para el sitio donde se levanta: orientada hacia la luz, abierta al paisaje, construida con materiales que dialogan con su entorno. Es la misma filosofía que guía la arquitectura bioclimática y que convierte una casa en un hogar con carácter propio.

En TQ INVESTPRO desarrollamos cada proyecto partiendo del lugar, con la convicción de que el entorno es tan importante como la arquitectura. Puedes conocer nuestra forma de trabajar en las mejores promociones de obra nueva en la Costa Brava, viviendas con denominación de origen en una tierra que se disfruta en cada estación.

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