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Vía Verde del Carrilet en bicicleta: de Olot a Girona

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Hay caminos que se recorren para llegar a algún sitio. Y hay otros que se recorren solo por el placer de dejarse llevar, como ya hablamos en nuestro artículo sobre el Camino de Ronda.

Como el Camino, la Vía Verde del Carrilet pertenece a los segundos. Une Olot con Girona siguiendo el trazado de un antiguo tren de vía estrecha, y lo hace casi siempre cuesta abajo: del paisaje volcánico de la Garrotxa al río Onyar, entre hayedos, prados, puentes de piedra y pueblos que todavía guardan sus viejas estaciones.

No hace falta ser ciclista para disfrutarla. Basta con querer pasar un día al aire libre, sin coches, al ritmo de los pedales y del paisaje. Sin duda, uno de los mejores planes que hacer en Girona durante otoño-invierno.

El tren que marcó el camino

Durante más de medio siglo, el carrilet fue la columna vertebral del interior de Girona. Un tren modesto, de vía estrecha, que llevaba viajeros y mercancías entre la Garrotxa, la Selva y el Gironès siguiendo el curso de los ríos Fluvià, Brugent y Ter.

La línea llegó a Olot en 1911, tras décadas de proyectos y una construcción lenta. Sobrevivió a la Guerra Civil, que dejó buena parte de sus puentes volados, y a las riadas de 1940, que arrastraron las vías. Pero no sobrevivió a la llegada del coche: en julio de 1969 hizo su último viaje.

Hoy, donde pasaban las locomotoras de vapor, pasan bicicletas, caminantes y alguna familia con carrito. Son unos 54 kilómetros de tierra compactada, con una docena de puentes y un túnel, que bajan suavemente desde los 440 metros de Olot hasta los 70 de Girona.

Las antiguas estaciones siguen ahí, algunas convertidas en puntos de información, escuelas o lugares de descanso, recordando a quien pedalea que este camino tiene memoria.

Olot, Les Preses y el Coll d’en Bas: el comienzo entre volcanes

La ruta arranca en la antigua estación de Olot, junto al río Fluvià y el parque de la Font de Sant Roc. Se sale de la ciudad por un pequeño túnel bajo la ermita de Sant Roc, y en pocos minutos el asfalto da paso a los campos.

Estos primeros kilómetros recorren el corazón del Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa. Cerca de Les Preses merece la pena desviarse unos minutos hasta la Pedra Tosca, un paisaje casi lunar de muros de piedra volcánica levantados a mano por los campesinos que limpiaban la tierra para cultivarla.

Después llega la Vall d’en Bas, ancha, verde y de fondo plano, vigilada por la silueta del Puigsacalm. Hay quien la llama la Suiza catalana, y al verla una mañana de otoño, con la niebla todavía pegada a los prados, se entiende por qué.

Aquí está el único esfuerzo serio del día: unos kilómetros de subida suave hasta el Coll d’en Bas, el punto más alto de la ruta. A partir de ahí, todo es bajar.

La Vall d’Hostoles: bosque, piedra y silencio

Tras el collado, el camino se deja caer hacia la pequeña iglesia románica de Sant Miquel de Pineda y se adentra en la Vall d’Hostoles. El paisaje cambia de golpe: el valle se estrecha, las laderas se cubren de robles y hayas, y el sonido del río Brugent acompaña casi todo el trayecto.

Antes de llegar a Sant Feliu de Pallerols, un puente de hierro cruza el río y recuerda que por aquí pasaba un tren. Si se mira con atención, a los lados del camino asoman rocas volcánicas oscuras entre el musgo.

Sant Feliu de Pallerols y Les Planes d’Hostoles son buenos lugares para la primera pausa larga. Pueblos tranquilos, con bares donde tomar un café en la terraza y ver pasar a otros ciclistas sin ninguna prisa. Es el tramo más sombreado y fresco de la ruta, y para muchos, el más bonito.

Amer, Anglès y el valle del Ter

Hacia la mitad del recorrido aparece Amer, que fue el centro logístico del antiguo ferrocarril. Su plaza mayor porticada es una de las más bonitas del interior de Girona y la excusa perfecta para parar a comer sin mirar el reloj.

A partir de aquí el valle se abre y el río Ter toma el protagonismo. Se cruza la riera de Osor y se llega a Anglès, con su casco antiguo medieval y sus casas de piedra asomadas al agua.

Es un tramo más abierto y luminoso que el anterior: huertas, chopos alineados junto al río y pueblos que se suceden con calma, como La Cellera de Ter o Bescanó. El tipo de paisaje que invita a bajar el ritmo todavía más.

La llegada a Girona

Los últimos kilómetros atraviesan Salt y se acercan a Girona casi sin darte cuenta. Del bosque al río, y del río a la ciudad.

Y entonces aparece la recompensa: las casas de colores asomadas al Onyar, la catedral en lo alto y las calles empedradas del Barri Vell. Llegar a Girona en bicicleta, después de un día entero de paisaje, tiene algo de ritual. La ciudad se ve distinta cuando te la has ganado pedaleando.

Para quien quiera alargar la experiencia, el camino no termina aquí. Desde Girona continúa la Vía Verde del Carrilet hasta Sant Feliu de Guíxols, casi 40 kilómetros más que acaban, esta vez sí, frente al Mediterráneo. Del volcán al mar, sin subirse a un coche.

Una ruta para cada estación

La gracia del Carrilet es que cambia con el año, y cada temporada ofrece una versión distinta del mismo camino.

  • Primavera. Los prados de la Vall d’en Bas se llenan de flores, los ríos bajan con fuerza y la temperatura es perfecta para pedalear todo el día.
  • Verano. Mejor salir temprano. Los tramos de bosque de la Vall d’Hostoles dan sombra, y siempre hay algún rincón junto al río para refrescarse.
  • Otoño. Probablemente su mejor momento. Hayedos y robledales se tiñen de ocre y rojo, la luz es baja y dorada, y el ambiente invita a terminar el día con una cena de cocina volcánica.
  • Invierno. Mañanas frías, nieblas en el valle y caminos casi vacíos. Una ruta más íntima, para quien disfruta del paisaje en silencio.

Pedalear sin prisa

El Carrilet no es una ruta para batir marcas. Es una ruta para disfrutar, y eso pide algo de planificación.

  • Empieza en Olot. El desnivel juega a tu favor en ese sentido: casi todo el recorrido es una bajada suave.
  • Divídela si quieres. Hay quien la hace en un día, pero partirla en dos con una noche en la Vall d’Hostoles o en Amer convierte la ruta en una pequeña escapada.
  • Resuelve la vuelta antes de salir. Hay autobuses entre Girona y Olot que admiten algunas bicicletas, aunque las plazas son limitadas. También hay empresas locales que alquilan bicis y ofrecen traslado.
  • Para a comer por el camino. Amer, Sant Feliu de Pallerols o Les Planes tienen restaurantes donde probar la cocina de la Garrotxa: judías de Santa Pau, embutidos, setas en temporada.
  • No hace falta ser deportista. El firme es de tierra compactada, sin tráfico, y la mayor parte del trazado es apta para todos los niveles.

Otra forma de vivir Girona

Hay lugares que se conocen mirándolos por la ventanilla, y otros que solo se entienden recorriéndolos despacio. La Vía Verde del Carrilet es de estos últimos.

En un solo día pasas del basalto de los volcanes a la sombra de los hayedos, de las plazas porticadas a las casas de colores del Onyar. Y descubres que la Costa Brava no termina en la arena: continúa tierra adentro, en valles, ríos y pueblos con encanto que se viven a otro ritmo.

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