A menos de una hora de la Costa Brava, el interior de Girona guarda un paisaje que parece de otro mundo: conos volcánicos cubiertos de verde, cráteres donde pastan las vacas, hayedos que crecen sobre antiguas coladas de lava y pueblos de piedra oscura que llevan siglos mirando a sus volcanes dormidos.
Estamos hablando, por supuesto, de la comarca de la Garrotxa, situada al sur del Pirineo catalán.
La Garrotxa, un paisaje nacido del fuego
El Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa reúne una treintena de conos volcánicos y más de veinte coladas de lava basáltica. Es el mejor ejemplo de paisaje volcánico de la península ibérica, aunque a primera vista cueste creerlo: aquí el fuego se apagó hace miles de años y lo que queda es un mosaico de bosques, prados y masías.
Esa es precisamente su magia. Los volcanes no se imponen, se descubren. Una colina perfectamente redonda, una tierra rojiza en la cuneta, una piedra negra y porosa en los muros de una casa. Y, poco a poco, el paisaje empieza a contar su historia.
La forma más bonita de entenderlo es el itinerario 1 del parque, una ruta circular de unos 10 kilómetros que enlaza tres de sus lugares más emblemáticos: el volcán de Santa Margarida, el Croscat y la Fageda d’en Jordà. Se recorre en una mañana, sin grandes desniveles, y deja tiempo para comer en Santa Pau.
Santa Margarida: una ermita en el corazón del cráter
Se sube por un sendero de bosque, y de repente el terreno se abre. Estás dentro de un volcán.
El cráter de Santa Margarida es un gran círculo casi perfecto, cubierto de hierba y rodeado de árboles. Lo formó una erupción explosiva, cuando el magma se encontró con el agua del subsuelo. En el centro, solitaria, se levanta una pequeña ermita románica dedicada a la santa que da nombre al volcán.
Es uno de esos lugares que se quedan grabados. El silencio, la luz que entra por el borde del cráter, la sensación de estar en un espacio protegido del mundo.
El Croscat: el volcán que se puede ver por dentro
El Croscat es el volcán más joven de la Garrotxa. Tuvo dos erupciones: la primera hace unos 17.000 años y la última hace unos 11.500. En términos geológicos, fue casi ayer.
Su imagen es única. Durante décadas se extrajo greda, la grava volcánica de la zona, y una de sus laderas quedó abierta como un corte de tarta. Aquella herida se convirtió en el símbolo de la lucha por proteger los volcanes de la Garrotxa, y hoy permite ver lo que ningún otro volcán enseña: sus capas de colores rojizos, ocres y negros, la arquitectura interna de una erupción.
La Fageda d’en Jordà: un hayedo sobre la lava
Si el Croscat es el fuego, la Fageda d’en Jordà es lo que vino después. Este hayedo crece sobre la colada de lava que el volcán expulsó hace miles de años, y eso lo hace excepcional: las hayas suelen buscar la montaña, pero aquí se extienden por un terreno llano y a poca altura, unos 550 metros.
El suelo es ondulado, lleno de pequeños montículos que son en realidad burbujas de lava solidificada bajo el musgo. Los troncos, altos y grises, forman una especie de catedral natural donde la luz cae a trozos.
El poeta Joan Maragall le dedicó unos versos que lo hicieron célebre, y hoy un monolito lo recuerda a la entrada del bosque. En otoño, cuando las hojas se vuelven cobre y oro, es probablemente uno de los paisajes más bellos de Cataluña.
Santa Pau: el pueblo medieval entre volcanes
A pocos kilómetros del cráter de Santa Margarida, Santa Pau es la recompensa perfecta para cerrar la mañana. Un pueblo medieval de piedra volcánica, con su castillo, la iglesia de Santa Maria y una plaza porticada que parece pensada para sentarse a la sombra sin mirar el reloj.
Sus calles estrechas, los arcos y los balcones de madera tienen ese tono oscuro y cálido de la piedra de la zona. Es un ejemplo precioso de cómo se ha construido siempre aquí: con los materiales del propio paisaje, en armonía con la luz y el clima, algo que conecta directamente con la arquitectura bioclimática que hoy buscamos en las viviendas contemporáneas.
Y, por supuesto, está la mesa. Santa Pau es famosa por sus judías, los fesols, pequeños y finos, que crecen en suelo volcánico. Junto con los embutidos, las setas y la patata de Olot, forman parte de la llamada cocina volcánica, una gastronomía con identidad propia que puedes disfrutar con los mejores vinos DO del Empordà.
Olot, la ciudad que vive entre volcanes
Pocas ciudades pueden decir que tienen volcanes dentro de su casco urbano. Olot sí. El Montsacopa, con su cráter y su ermita en lo alto, se sube en un paseo corto desde el centro y regala una de las mejores vistas de la comarca: los conos volcánicos alineados en el horizonte y el valle a los pies.
Olot es también una ciudad de modernismo, de buenas pastelerías y de una vida tranquila a la medida de las personas. Y es el punto de partida perfecto para seguir explorando: desde su antigua estación arranca la Vía Verde del Carrilet, que baja en bicicleta hasta Girona entre valles, ríos y pueblos de piedra.
Un día entre volcanes, el siguiente sobre dos ruedas: así de fácil se encadenan los planes en el interior de Girona.
Recorrer los volcanes sin prisa
La Garrotxa no se visita, se camina. Y como el Camino de Ronda en la costa, se disfruta más cuanto más despacio se recorre.
Aquí te dejamos algunos consejos para disfrutarla:
- Empieza en el área de Santa Margarida o en Can Serra. Ambas tienen aparcamiento y enlazan con el itinerario 1 señalizado.
- No salgas de los caminos marcados. Es un espacio protegido y frágil, y esa es la razón de que siga tan bien conservado.
- Reserva tiempo para Santa Pau. Comer en el pueblo es parte de la experiencia.
- Si te sabe a poco, alárgalo. Hay quien completa el día con un vuelo en globo sobre los volcanes al amanecer.
La Girona que se descubre despacio
Los volcanes de la Garrotxa no impresionan por su altura, sino por la calma que transmiten y por la manera en que la vida ha vuelto a crecer sobre la lava.
Quizá por eso conectan tan bien con quienes eligen Girona como hogar. Porque vivir en la Costa Brava no es solo tener el mar cerca. Es tener, a menos de una hora, bosques sobre volcanes, pueblos de piedra… un territorio para vivirlo todo el año, en todas sus versiones.
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